La resaca de la Revolución Verde: de la abundancia al coste ambiental
Los humanos hemos roto el equilibrio natural de los ecosistemas. A menudo lo hemos hecho para avanzar como sociedad, pero nuestra actividad no está exenta de consecuencias.
Hace unos 10.000 años, el cultivo de alimentos permitió el paso de una vida nómada a la aparición de los primeros pueblos. Desde entonces, la agricultura y la ganadería no solo cubrieron las necesidades básicas, sino que nos permitieron tener mayor tranquilidad y espacio para pensar y organizarnos como sociedad.
Pero no sería hasta mediados del siglo pasado cuando la mejora genética de cultivos, la industrialización de fertilizantes y agroquímicos y la mecanización e intensificación agrícola dieron lugar a la mayor transformación, la llamada Revolución Verde. Gracias a esta revolución, las sociedades gozaron de mayor prosperidad y vidas más cómodas. Sin embargo, este modelo también trajo consigo el agotamiento de los suelos y la contaminación atmosférica, acuática y terrestre.
El coste real de la agricultura intensiva: el caso de los fertilizantes
Hablemos, por ejemplo, de los fertilizantes inorgánicos, que es un tema que me toca de cerca y que está muy ligado a mi investigación.
El descubrimiento de que las plantas necesitan nitrógeno, fósforo y potasio para crecer impulsó la fabricación de los abonos artificiales. Con ellos, el rendimiento de los cultivos aumentó drásticamente, y hemos podido evitar hambrunas y reforzar la seguridad alimentaria mundial. Sin embargo, el uso excesivo y continuado de estos fertilizantes también ha aumentado la salinidad y acidificación de los suelos, ha alterado su diversidad microbiana y ha reducido su fertilidad a largo plazo.
Pero el efecto de estos compuestos va más allá del suelo. El exceso de nitrógeno y fósforo acaba en las aguas subterráneas y superficiales provocando desequilibrios con efectos muy negativos para la salud humana y la vida acuática. La acumulación de estos nutrientes favorece el crecimiento masivo de algas y microorganismos que, además de poder ser tóxicos para animales y personas, bloquean el paso de la luz que permite la fotosíntesis –inhibiendo la liberación de oxígeno–, alterando profundamente la biodiversidad acuática. Y el daño no termina ahí: la producción de estos fertilizantes emite grandes cantidades de CO₂ y óxido nitroso, dos gases altamente contaminantes y causantes del efecto invernadero.
Si el impacto de los fertilizantes inorgánicos es hasta cierto punto devastador para el medio ambiente, su efecto a nivel social y económico no es menor. El fertilizante más utilizado en nuestro país es la urea y, sin embargo, solo existe una empresa que lo produzca en España. La mayor parte de este tipo de fertilizante proviene de países como Rusia. ¿Por qué? Porque su síntesis requiere grandes cantidades de combustibles fósiles como el gas natural, y la producción se concentra en los países con mayor disponibilidad de este recurso.
La dependencia de fertilizantes para nuestra alimentación es una vulnerabilidad importante del sistema, como demuestran los recientes conflictos en Europa y en el mundo. Con la guerra de Ucrania, los agricultores españoles pagaron hasta 3 y 4 veces más por sus fertilizantes y el cierre del estrecho de Ormuz, por donde pasa más del 30 % de los fertilizantes nitrogenados mundiales , provocó –y provocará– un efecto similar o peor.
¿Podemos encontrar un equilibrio?
En este contexto de inestabilidad ambiental, social y política, avanzar hacia sistemas más sostenibles no implica renunciar a los avances logrados, sino replantear su uso. Es necesario evolucionar hacia modelos circulares, más eficientes y menos dependientes de recursos externos.
Y sin embargo, parece que algo nos frena. Vivimos en un sistema globalizado, donde los intereses económicos y políticos a corto plazo se imponen, una y otra vez, sobre la evidencia científica. Por eso me pregunto, ¿no vemos la realidad que tenemos ante nuestros ojos o es que no queremos verla? En la Antigüedad los filósofos y grandes pensadores –precursores de los científicos– tenían un papel fundamental en los gobiernos. Hoy, en cambio, la ciencia lucha por tener un asiento en la mesa donde se toman las decisiones. Parece que hemos perdido algo por el camino.
Lo que tengo claro es que los ecosistemas no esperan. La Pachamama, esa idea de la Tierra como un ser vivo del que formamos parte, no es un recurso inagotable y se le está acabando la paciencia. Las señales de agotamiento ya son difíciles de ignorar.
Debemos replantearnos nuestro futuro alimentario a nivel global y dejar de actuar dentro de nuestras fronteras porque la naturaleza no las tiene. Es el momento de empezar a pensar en conjunto.