La transformación agroecológica será feminista, o no será

Persona de espaldas caminando por un campo de pasto seco hacia un grupo de vacas que pastan. El paisaje rural está iluminado por la luz cálida del atardecer y rodeado de árboles y colinas.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha declarado este año 2026 Año Internacional de la Agricultora, para reconocer el papel fundamental de las mujeres en los sistemas agroalimentarios y fomentar acciones que ayuden a promover la igualdad de género y a eliminar las limitaciones estructurales que siguen afectando a las mujeres en los sistemas agroalimentarios. 

A nivel global, las mujeres representan alrededor del 40% de la mano de obra del sector agroalimentario. Su labor es esencial no sólo en el cuidado de cultivos y ganado, sino también en trabajos como la preparación de los alimentos, conservación de semillas o la comercialización y distribución de los productos. Sin embargo, dentro del sistema alimentario las mujeres sufren de forma más acusada precariedad laboral, dificultades en el acceso a recursos productivos e inseguridad alimentaria, así como la doble carga de trabajos de cuidados invisibilizados y no remunerados. 

En España, aunque el reconocimiento del trabajo de las mujeres y su incorporación al sector agrario han mejorado, siguen existiendo importantes desigualdades y limitaciones. De acuerdo con el informe del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación de 2025, la presencia de mujeres en la agricultura y la ganadería sigue siendo minoritaria, ya que sólo una de cada cuatro personas activas en el sector agrario es mujer. Además, en comparación con los hombres, las mujeres perciben un salario medio inferior, tienen una mayor temporalidad y parcialidad en sus empleos y se ocupan en mayor medida de los trabajos domésticos y de cuidados. Todo esto hace que exista para las mujeres una mayor precariedad y vulnerabilidad en su integración al sector agrario. 

Para la agroecología, el reconocimiento, apoyo y fomento de la participación de las mujeres es un pilar fundamental de la transformación de los sistemas agroalimentarios hacia un funcionamiento más justo y sostenible. Pero esta tarea va más allá de una igualdad en términos de número de personas, cantidad de hectáreas o euros. Del mismo modo que la agroecología comprendió hace ya tiempo que la agricultura no podía entenderse aislada del resto del sistema alimentario y social (mercados, industrias, cadenas de distribución, instituciones, gobiernos, consumo…), también ha comprendido que las transformaciones agroecológicas requieren algo más que cambios técnicos o materiales que se queden en la superficie. Para ser realmente transformadora, la agroecología ha de conseguir cambios económicos, políticos, sociales y culturales que sean profundos y estructurales. Y para ser realmente justa y sostenible, la agroecología ha de ser emancipadora y luchar contra las formas de poder y opresión que perpetúan las desigualdades sociales. De este modo, especialmente desde los movimientos sociales, la agroecología ha asumido una perspectiva feminista e interseccional (entendiendo que todas las formas de discriminación –por género, raza, orientación sexual, clase…- están interrelacionadas) como herramienta clave para conseguir sistemas alimentarios más justos y sostenibles. Esto significa que las transformaciones agroecológicas han de apostar también por un cambio en los principios y valores que determinan el funcionamiento de los sistemas alimentarios, yendo más allá de la eficiencia productiva y la maximización de beneficios económicos, y poniendo en el centro el respeto y el cuidado de la naturaleza y de todas las personas que participan en la producción, distribución y consumo de alimentos.    

Conseguir una transformación de tal calado no es fácil, pero hay algunos elementos que pueden ayudarnos a ver por qué el apoyo a las mujeres dentro del sector agrario puede contribuir a transformaciones más profundas. De acuerdo con el informe citado antes, en comparación con los hombres, las mujeres tienen explotaciones agrarias y ganaderas más pequeñas y más enfocadas a la producción ecológica, características que se alinean con el modelo agrario que defiende la agroecología. Además, apuestan más por la diversificación en actividades relacionadas con la transformación de productos agrarios, el turismo y las actividades recreativas, y los servicios educativos, sociales y sanitarios, siendo estas actividades que pueden contribuir a fortalecer y dinamizar los entornos rurales. Finalmente, aunque la participación de las mujeres en cooperativas agrarias y órganos de decisión sigue siendo minoritaria, esto no significa que las mujeres no se hayan movilizado: asociaciones como CERES, Jornaleras en Lucha o Ganaderas en Red, son muestra del trabajo de las mujeres del sector agrario para construir redes de apoyo y colaboración. De este modo, las mujeres están contribuyendo a demostrar que otros modelos de producción agraria basados en el apoyo mutuo, la igualdad, la diversidad y el respeto por la naturaleza son posibles, y que las transformaciones agroecológicas habrán de ser feministas para poder realmente ser transformadoras.