Día Internacional de la Mujer Rural: una mirada a quienes sostienen el campo 

Durante siglos, su trabajo en el campo se consideró una simple “ayuda familiar”. Hoy hay leyes y organizaciones que reclaman su reconocimiento, pero las mujeres siguen siendo menos del 15 % de las titulares de tierras agrícolas en el mundo. Con motivo del Día Internacional de las Mujeres Rurales, miramos qué ha cambiado y qué falta por cambiar. 

En Las espigadoras (1857), Jean-François Millet retrata a tres mujeres agachadas que recogen con sus manos las espigas que quedan en el campo tras la cosecha. La escena, propia de la vida rural a mediados del siglo XIX, sitúa en primer plano a unas trabajadoras cuya contribución ha sido históricamente poco reconocida. 

Nacido en una familia campesina de Normandía, Millet dedicó gran parte de su obra a retratar la cotidianidad del mundo rural, en la que las mujeres desempeñaban un papel esencial. Casi 170 años después, la imagen de aquellas espigadoras dialoga con la de las mujeres que hoy siguen trabajando en el campo y nos invita a reflexionar sobre quién realiza el trabajo que sostiene nuestros sistemas alimentarios y hasta qué punto se reconoce su contribución. 

En este contexto, 2026 ofrece una oportunidad para volver la mirada hacia ellas: Naciones Unidas lo ha declarado Año Internacional de la Agricultora. La iniciativa, coordinada por la FAO, busca poner de relieve el papel fundamental de las mujeres en los sistemas agroalimentarios y contribuir a corregir desigualdades que tienen una larga historia. Y hoy, 15 de octubre, se celebra además el Día Internacional de las Mujeres Rurales, una buena ocasión para reconocer su contribución a nuestros sistemas alimentarios.

Tradicionalmente, las mujeres han desempeñado un papel esencial en las labores agrícolas y ganaderas, aunque su contribución no siempre se ha reconocido como trabajo. A lo largo de la historia, su participación en las explotaciones familiares se ha considerado a menudo una «ayuda familiar», en lugar de reconocerse como una actividad económica propia. A estas labores se sumaban el trabajo doméstico y los cuidados, en jornadas que no siempre se traducían en una remuneración propia ni en reconocimiento profesional. Esta falta de reconocimiento limitaba también su autonomía económica y su acceso a derechos sociales.

Frente a esta desigualdad histórica, en las últimas décadas se han impulsado medidas para avanzar en el reconocimiento jurídico y social de las mujeres rurales. En España, la Ley 35/2011 sobre titularidad compartida de las explotaciones agrarias busca dar reconocimiento jurídico y económico a la participación de las mujeres en las explotaciones familiares. También algunas comunidades autónomas han aprobado normas específicas, como el Estatuto de las Mujeres Rurales y del Mar de Andalucía o el Estatuto de las Mujeres Rurales del Principado de Asturias.

Pero este reconocimiento no se impulsa únicamente desde las instituciones. Las organizaciones de mujeres desempeñan un papel fundamental en la lucha por empoderar a la mujer rural, la visibilización de su rol histórico en el sector primario y la lucha contra el despoblamiento rural mediante el fomento del empleo femenino. Asociaciones como CERES, FADEMUR o AFAMMER trabajan desde diferentes ámbitos para fortalecer la posición de las mujeres y dar voz a sus reivindicaciones.

A pesar de estos avances, el reconocimiento formal no ha eliminado totalmente las desigualdades, y todavía quedan muchos retos latentes. Según el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), las mujeres representan menos del 15 % de las personas titulares de tierras agrícolas a escala mundial, una cifra que ilustra las desigualdades que también existen en el acceso a los recursos productivos. Y es que las mujeres rurales siguen enfrentando barreras como el acceso a la tierra, la financiación, la tecnología y los espacios de decisión, además de desigualdades en las condiciones laborales y en el reparto de los cuidados. 

Reconocer la contribución de las mujeres al mundo rural es imprescindible, pero también lo es garantizar que puedan acceder a los mismos recursos, derechos y oportunidades. Esta igualdad no solo es una cuestión de justicia social: también es fundamental para avanzar hacia sistemas agroalimentarios más justos y sostenibles.

Sobre la relación entre feminismo y agroecología reflexiona Lucía Díez, investigadora en la Universidad de Barcelona y miembro de la Comunidad SABE, en su artículo La transformación agroecológica será feminista, o no será, una lectura que te recomendamos si quieres profundizar en cómo ambas transformaciones están relacionadas.

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